jueves, 10 de junio de 2010

La Habitación cerrada, Paul Auster.


Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. "Toda vida es inexplicable", me repetía. Por muchos hechos que cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá, que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos; que vivió, que murió, que dejo tras de sí estos libros o esta batalla o ese puente; nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros y, mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.