jueves, 24 de noviembre de 2011

Divagando en el extranjero...

Hace ya casi dos meses que vivo en otro país; parecido, pero distinto. Como si de dos universos de Fringe se tratase.

Dicen que uno/a no valora lo suficiente su patria hasta que vive fuera. Pues bien, no sé si es porque vivo en un país cuyo idioma y manera de vivir se asemeja al estilo de vida español, pero en mi caso no se cumple el requisito.

No echo de menos el botaratismo al que por naturaleza se ve sometido una persona nacida en España, ni me siento más patriota al levantarme cada día escuchando otro idioma. No voy a comparar el país donde resido actualmente con el mío, pero sólo diré que siento vergüenza.




Desde fuera, nuestros medios de comunicación aún se ven más irrisorios, nuestras costumbres más obsoletas y nuestra manera de pensar, escondida tras la doble moralidad que otorgan las falsas apariencias, me causa estupor.

No criticaré el resultado electoral pese a que soy incapaz de entender cómo en un país en el que presumimos de ser obreros arrasan quienes miran por su interés económico personal abogando que es por el bien de la ciudadanía. Pero tampoco entiendo cómo quienes han de mirar por el bienestar de todo el mundo, pero en especial de las personas más desamparadas, acaben llevando a un Estado a la total ruina bajo la bandera de la izquierda.

Esa mezquindad tiene nombre: bipartidismo. Y mientras en España sigamos votando para castigar y no por convicción seremos todos y todas igual de mezquinos que nuestros políticos. Ellos, por pensar que pueden manejarnos gracias a una ley electoral que perjudica al libre albedrío; y nosotros por creernos que España profesa una Democracia que nunca ha existido.

Nos esperan cuatro años de incertidumbre. Quizás no económica, pero sí social.

Por lo pronto, desde mi exilio, espero que todas las personas que han votado esperando que el cambio que España necesita se lleve a cabo con el nuevo gobierno sean conscientes de que dicho cambio no es, tal vez, el que anhelaban.

No citaré textualmente a Rubianes por no escandalizar a nadie, pero, como él, estoy harta de la unidad de España.

Quizás cuando en España se respete la diversidad cultural y aprendamos que el voto es un derecho y un deber de cada individuo que no debe tomarse a la ligera me sienta orgullosa del país donde nací.

Mientras tanto, seguimos pareciendo incluso más paletos de lo que somos en el extranjero.


Claudia de Bartolomé.