viernes, 21 de abril de 2017

A ti, mujer machista

Hace tiempo que tenía ganas de desahogarme con este tema. Vivimos en un Estado en el que nos imponen el heteropatriarcado y en el que, por lo tanto, el machismo es una forma de vida perfectamente aceptada. Otro día me explayaré respecto a los hombres que ejercen este sistema de abuso y presumen abiertamente de ello, pero hoy me quiero centrar en el machismo que más me ofende: el que practican las mujeres.


Desde niña, y estoy segura de que a ti también te ha pasado, he escuchado y presenciado actitudes por parte de otras personas de mi mismo sexo que, aunque no comparto, me han encaminado a pensar que eran normales. 

Para que os hagáis una idea: soy la clase de chica que, a ojos de la sociedad, "hace cosas de chicos". Y las hago desde que tengo uso de razón, sólo que las cosas no son ni de chicas ni de chicos. Son de todo el mundo.

Así, mientras las niñas populares de mi colegio compartían confidencias, muñecas y planeaban con quién se iban a casar y a qué edad, yo me dedicaba a jugar a baloncesto o a fútbol en el patio y a leer durante las horas muertas en la biblioteca en compañía de otra niña que era tan "rara" como yo. 

Ya en esa época, descubrí que el machismo se forja en el interior de muchas mujeres como un veneno sutil y despiadado que, al final, deriva en esa expresión que tanto escuchamos y con la que la mayoría asiente de manera condescendiente: "las mujeres somos malas por naturaleza".

Sí, ya sé que éso es lo que dice la Biblia: al ser las instigadoras del Pecado Original gracias a Eva, ostentamos dicho título como una carga que, lejos de mitigarse, va a más (otro día entraré a analizar la tremenda falta de personalidad de ese tal Adán).

¿En qué me baso para decir que ya en la época de Primaria sufrí los primeros ataques machistas por parte de mis compañeras? Pues, por ejemplo, porque cuando teníamos siete años, la niña más popular de mi clase decretó que debíamos casarnos con nuestros compañeros (sí, las peras con las peras y las manzanas con las manzanas). Me negué. Me amenazaron con excluírme. Me casé atemorizada por las posibles represalias -básicamente, me dibujaron un futuro desolador en el que estaría sola en el mundo y me entró el pánico, lo admito.- (hola, Marco: si lees ésto, ya sabes que lo nuestro nunca hubiera funcionado) y, al día siguiente, me divorcié. Todo esto bajo la atenta mirada del compañero al que habían designado como cura. 

Ese divorcio me costó caro. No le pedí nada a Marco, de hecho seguimos siendo amigos y compartiendo tardes jugando al Tutti Frutti (¿seguirá existiendo ese juego?) o al Uno, pero los meses siguientes fueron un infierno. Mi papel de niña/niño se fue agravando, siendo las niñas populares incapaces de entender que no quisiera pasarme el día peinando muñecas (ojo, que también he tenido muñecas, no quisiera faltar a la verdad) o planeando mi boda en Malibú y prefiriese, por el contrario, jugar a superhéroes o ponerme a parar penaltis. 

Esa época es bastante esclarecedora a la hora de entender lo que viene después, cuando una crece, porque, ya en la infancia, escuchamos que "los niños no lloran", "debemos comportarnos como señoritas", se nos pregunta si ya tenemos novio, se nos insta a disfrazarnos de princesas y se nos encamina a pensar que somos seres delicados. Por no mencionar que, a esas edades, nadie nos habla claramente de la posibilidad de que si eres niña te puedan gustar las niñas y, si eres niño, te puedan gustar los niños

Las personas que peor me lo han hecho pasar en esta vida han sido, en efecto, mujeres. Con el paso de los años, lo que más escucho como remedio a los ataques, propios y ajenos, es "te tienen envidia". Esa frase lo justifica todo: ¿Consigues triunfar en tu trabajo y tus compañeras hablan mal de ti? Te tienen envidia. ¿Estás en la playa, subes una foto y lo critican? Te tienen envidia. ¿Has adelgazado e insinúan que estás enferma? Te tienen envidia. Y así hasta la excusa más insospechada. Resulta que la envidia lo justifica absolutamente todo. 

Estoy convencida de que, como yo, te has topado con mujeres que juzgan cada uno de tus movimientos obviando los suyos propios, que esperan pacientemente a que falles para luego comentarlo, en público o privado; mujeres que quieren ser admiradas, pero que no tienen reparo en pisotear a las que consideran mejores que ellas en algún ámbito. 

Las mismas que te preguntan si tu novio/marido/pareja te ayuda en casa (me parece increíblemente humillante que en pleno siglo XXI alguien pueda formular semejante pregunta), miran mal a la que osa decir que no le gusta cocinar ("¿Y si tu marido llega cansado de trabajar?") y siguen clasificando las actividades por sexos (ir de compras es de chicas, entender de coches es de chicos). O esas jefas que te denigran en tu puesto si, por esas cosas de la naturaleza, te quedas embarazada; o aquellas que critican que aún no lo hayas hecho (ya ni menciono a las que ni siquiera se plantean ser madres: "¡Satanás!"). ¿Y qué me decís de esas mujeres que te hacen un repaso exhaustivo cuando se cruzan contigo por la calle, o en un concierto, o en un bar, con cara de asco? Ésas que luego justifican que hay cosas que pasan porque vamos provocando con nuestra indumentaria y/o nuestra forma de actuar ("se viste como una puta", "siempre anda con tíos", "es una guarra") y que si llevas un vestido bonito te sueltan divinamente un: "¿no es muy incómodo?" "¿pero puedes andar bien con éso?", en lugar de decirte que te queda bien o, directamente, callarse.

Si empezase a enumerar las cosas que me consta que otras mujeres han dicho sobre mí a lo largo de mis 32 años no acabaría jamás este post y apuesto a que todas te sonarían. El baremo de criticabilidad es de lo más variado: desde mi costumbre de pintarme los labios (¿a dónde voy pintándome los morros con carmín rojo entre semana?), pasando por mi profesión (por lo visto el Periodismo es un pasatiempo y no un trabajo), mi pasión por viajar siempre que me resulta posible ("ya se le acabará el chollo cuando sea madre"), mi afición al fútbol o al baloncesto, por lo feliz que me hacen las sesiones vermut a plena luz del día que se alargan hasta altas horas -lo que no saben es que me hace igual de feliz estar en mi casa haciendo maratones inifinitos de series- o por mis gestos de cariño hacia los demás, que hay a quien le resulta extraño que una pueda ser cariñosa con amigas y amigos por igual -por alguna razón que siempre se me ha escapado-.

Lo sé, hablo de las mujeres en tercera persona, como si no fuera conmigo. Pero es lo que siento. Y es obvio que en alguna ocasión de mi vida he caído en eso que tanto odio. Pero no me identifico con todas esas mujeres machistas que, lejos de entender que debemos ayudarnos las unas a las otras, basan su vida en ponerle la zancadilla a las demás, con hechos o palabras; las mismas que, con sus actos, respaldan una sociedad en la que se nos introduce en la cabeza desde que nacemos que los hombres son seres superiores y nosotras estamos a su servicio; las mismas que piden respeto y son incapaces de respetar y que se permiten el lujo de insultar sin conocer, criticar, chismorrear y boicotear al resto simplemente porque consideran que la otra persona es más guapa, más inteligente o mejor en algún aspecto que ellas.

Ya. Es cosa de la envidia.

Pero, mientras esas mujeres infectan en bucle esta sociedad enferma de machismo, yo puedo presumir (¡y presumo!) de las mujeres de mi vida. Mujeres de verdad. Mujeres luchadoras, buenas, trabajadoras, constantes... Mujeres que me permiten ser como soy, que me quieren, me admiran y me apoyan. Sin juzgar. Mis mujeres

Y tú, mujer machista, sigue justificando tus actos. Pero, en el fondo, tu desprecio hacia las demás es una muestra inequívoca de tus carencias. 




Claudia de Bartolomé.